Creo que en la vida de cualquier persona llega un momento en el que se cuestiona todo. Todo lo que ha vivido, todo lo que valoraba, los principios que le han sido inculcados desde pequeño, todo lo que no se le ha enseñado bien, aquellas cosas con las que está conforme cuando no debería estarlo, todas las oportunidades que ha dejado escapar, todas las decisiones que podrían haber cambiado las cosas. En definitiva, te lo replanteas todo, incluso tu propia felicidad, aquella que yo pensaba intocable.
Creo que ha llegado ese momento en vida.
Durante mis 18 años (y 14 días si puedo puntualizar) siempre he sido muy consciente de que había algo que no era normal en mi. Siempre he sido consciente de que había un problema. Y pese a todo el tiempo que ha pasado, siento que mi problema sigue siendo el mismo que hace 10 años. Y que, pese a que he intentado enfocarlo de distintas maneras siempre termino igual, haciéndome daño a mi misma. Sigo sin encontrar la solución a este problema. En realidad, sigo sin saber cual es el problema en sí. (¿Y si el problema es mi mera existencia?)
Por eso he construido una muralla. Al contrario de como muchos piensan no, no me he vuelto más dura. Soy lo más blandengue que te puedes echar a la cara. Es una muralla de felicidad, o de "felicidad". He aprendido a poner la otra mejilla, a tener mi sonrisa siempre disponible pasa lo que pase, a mirar el lado bueno de las cosas y ser todo lo positiva y optimista que he podido ser. De otro modo estaría destruida.
Pero esa muralla de "felicidad" está medio hueca. Hay cosas en mi interior que siguen surgiendo, que siguen reaccionando. No son sentimientos de odio hacia otros. Son sentimientos de odio hacia mí misma.
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